La ministra y la piratería informática |
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Había una vez, en la Persia del siglo X, un visir llamado Abdul Kassem Ismael, un rico hombre de enorme sabiduria y curiosidad, que viajaba siempre acompañado de su biblioteca de más de cien mil títulos, escritos en papiros o en pergaminos, la cual era transportada por 400 camellos que habían sido adiestrados para avanzar siempre en una fila rigurosamente mantenida. Los volúmenes estaban ordenados por orden alfabético y de ello se cuidaban los camelleros, a efectos de que el visir pudiese consultar en cada momento la obra que necesitaba. Por supuesto, este caso es algo único en la Historia y ni siquiera conozco otro parecido, incluso cuando la imprenta y los automoviles simplificaron, de haberse querido, esta parafernalia admirable utilizada por el visir, compuesta por rollos de pergaminos, camellos y camelleros, en una caravana de más de un kilómetro de largo. Sin embargo, algo que sólo estaba entonces al alcance de personas poderosas como el visir persa, es hoy posible para millones de ciudadanos que pueden viajar por todo el mundo con una biblioteca infinita, fácil de consultar, en un un aparato de no mas de tres kilos de peso, gracias a internet. La técnica aparece así como el instrumento más eficaz y contundente para conseguir la igualdad de oportunidades para todas las personas. Gracias a internet se pueden consultar libros, periódicos, o revistas, se pueden ver películas, se puede usar videojuegos, se puede escuchar música. Hoy todos podemos ser Abdul Kassem Ismael, aunque no tengamos ni un solo camello. Ahora bien, una cosa es que se haya dado un gran avance en la difusión del saber, favoreciendo a una enorme masa de gente y otra que se disponga también en la red de obras contemporáneas sin permiso del autor. Kassem Ismael no tuvo que pagar a los autores de los títulos, porque entonces no existían derechos de autor, salvo si acaso pagar a los copistas que reproducían a mano, con gran paciencia, los manuscritos originales que podían proceder incluso de siglos anteriores. Hoy, sin embargo, hay personas y empresas que viven de los derechos de autor, fruto de su creación o producción, y que ven cómo a través de internet sus obras son vistas gratuitamente por millones de internautas sin pagar un céntimo. Es lo que se llama pirateria informática, tan de moda en muchos países y, especialmente, en el nuestro, y que produce la confrontación entre los legítimos derechos de autor de las personas afectadas y una sedicente libertad de información de los internautas ¿Cómo conciliar ambos intereses? Aquí, como en tantas ocasiones, el Derecho corre tras la tecnología, por lo que no se ha llegado a establecer todavía de forma convincente cuál de los derechos debe prevalecer: el de los autores y productores o el de los usuarios. Con todo, ya se comienzan a ver resultados jurídicos ante este complejo problema del medio de comunicación más influyente desde la invención de la imprenta de tipos móviles de Gutemberg, en el siglo XV. En efecto, en Suecia está ya vigente, por limitarnos a Europa, una ley que protege los derechos de autor y sanciona la pirateria informática.En Francia, aunque ha habido “un accident de parcours”, perdiendo el Gobierno una votación sobre la ley que sanciona la pirateria, se acabará aprobando más pronto o más tarde. Y, respecto a España, se acaban de producir dos acontecimientos que nos indican por donde se puede transitar en el futuro. De un lado, por primera vez, una sentencia de un Juzgado de lo Penal de Logroño ha condenado a una persona por un delito contra la propiedad intelectual, en razón de obtener beneficios económicos por facilitar descargas ilegales a partir de una página web creada por ella misma. Y, de otro, acaba de acceder al nuevo Gobierno del Presidente Zapatero, Angeles González-Sinde, nueva Ministra de Cultura, que, hasta ahora, era una firme detractora de las descargas ilegale por el sistema P2P. Y, digo hasta ahora, porque va a tener que matizar su postura a causa de que dentro del propio Gobierno, el Ministerio de Industria se enfrenta al de Cultura en este tema, y, también, porque poner trabas a los millones de internautas que se benefician gratuitamente de obras ajenas en esta tierra de nadie que todavia es internet, significa ignorar que cada uno dispone de un voto en las eleeciones venideras. Me temo, pues, que su Ministerio será más complicado que hacer películas. |
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